Eso sí, con algunos cambios. Hemos decidido rendirnos ante lo inevitable. Como españoles que somos, nos va trabajar poco y chismorrear mucho.
Así que hemos desinstalado el Word... y nos hemos comprado un micro.
En otoño, más.

La familia Henrickson no viste ropas del siglo XIX, no vive sin electricidad, ni sus mujeres se ven sometidas a un patriarcado tirano, machista y esclavista de parte de su marido. No comparten las creencias de la reformada iglesia mormona, pero tampoco aceptan el dogmatismo de los primitivos mormones polígamos residentes en comunas alejadas de toda civilización.
En vista del inminente estreno de la tercera temporada de True Blood, decidimos dar paso a la nostalgia y recordar el piloto de la Lady Gaga de las series. Y, la verdad, qué bien sientan los años, porque los inicios fueron duros, duros... La viva encarnación del sueño americano
“Te entiendo, tu vida es un asco”.
Aparece la familia en escena. Una panda de snobs adictos a los psiquiatras y sus recetas.
“Te entiendo, tu vida es una mierda”.
Una clienta tocanarices hace que el gerente, mucho más joven que tú, tenga que intervenir.
“Te entiendo, tu vida es horrenda”.
Coges una moneda de una fuente pública, una niña repelente te acusa de ladrona y la mandas a la mierda.
“Te entiendo, esas preadolescentes son unas cerdas y merecen morir”.
Abrazas fríamente a tu hermana y le dices que la quieres con una cara de circunstancia. Acto seguido le dices que no se acostumbre a esas chorradas y que sólo se lo dirás en días importantes, como aniversarios y bodas.
“Te entiendo, y eso que “I love you” no suena tan gayer como “te quiero”.
Los juguetes de tu tienda empiezan a hablarte y cantarte.
“No te entiendo, pero ya te amo”.
En conclusión, personaje principal genial, argumento de la serie, aún por determinar. Pero, ¿a quién le importa eso?
Las series no están hechas para la vida eterna. Lo que pudiera ser una obra maestra recordada con nostalgia de vez en cuando con una colección DVD coleccionista acaba convirtiéndose en un tostón o en la aparición de una serie nueva y consecuente abandono de la vieja.

Sentemos las bases: niñata de 15 años busca a sus padres biológicos para que le firmen la emancipación y se encuentra a dos descerebrados como los susodichos, que, después de dos muecas de sorpresa sobreactuadas, deciden firmarlo.